La final del Mundial dejó una imagen que empaña el deporte y la dignidad. Argentina, que no supo ganar durante todo el torneo, tampoco supo perder el pasado domingo 19 de julio de 2026. Desde los 120 minutos de juego, su estrategia se basó en generar caos y presionar al árbitro, rozando no solo la violencia sino también el ridículo, como cuando Messi pidió la revisión del VAR por una acción mínima de Cucurella.
Al concluir el partido, mientras España celebraba su histórica segunda estrella, algunos jugadores argentinos mostraron una conducta lamentable. Nahuel Molina fue el primero en provocar al encararse con Rodri, a quien amenazó tras un roce. El capitán español respondió con calma, pero la tensión no cedió. Otamendi, en un gesto poco deportivo, recriminó a Rodri y Laporte por “llorar con los árbitros” durante la semana previa a la final, evidenciando la falta de respeto hacia sus rivales.
Lo más indignante ocurrió cuando Leandro Paredes agredió sin motivo a Eric García con una zancadilla y luego un puñetazo. Gavi intervino para defender a su compañero, pero fue derribado con una llave de judo en un cobarde dos contra uno, con la complicidad de Almada. Solo el técnico Scaloni y su asistente Walter Samuel intentaron calmar los ánimos, aunque sin éxito.
La violencia se extendió incluso a Dani Olmo, quien recibió un guantazo y varios insultos de Ratón Ayala, otro asistente argentino. La falta de respeto continuó cuando los jugadores y cuerpo técnico albiceleste se dieron la espalda durante la entrega del trofeo, negándose a presenciar el justo reconocimiento a España, que dominó la final a pesar del marcador ajustado.
En contraste, la selección española, dirigida por De la Fuente, mostró respeto al hacer el pasillo a Argentina como subcampeón y Sergio Ramos tuvo un gesto de consuelo con Messi, quien no pudo contener las lágrimas. Sin embargo, la falta de educación argentina quedó patente cuando ningún jugador pasó por la zona mixta para atender a la prensa, salvo Scaloni, quien expresó su tristeza y dejó en duda su continuidad al frente del equipo, a pesar de tener contrato hasta 2030.
Este episodio no solo mancha la imagen del fútbol argentino, sino que también refleja la importancia de mantener el orden y la deportividad en un deporte que debe ser ejemplo de valores y respeto, especialmente en un escenario tan relevante como un Mundial.
